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La casa: un organismo sensible que escucha y responde. El proyecto concentrado en las juntas y encuentros: una esquina, una escalera y un pilar son columna vertebral y expriencia espacial

Como la orquídea y la avispa, la casa establece una relación activa con quienes la habitan. No es un fondo neutro, sino un organismo sensible, con inercias, resistencias y preferencias. El espacio dirige, sugiere y condiciona; aprende de nuestros movimientos y, al mismo tiempo, los dirige en una organizada coreografía. Habitar es una negociación constante entre el deseo humano y la voluntad silenciosa de la arquitectura.

El proyecto nace de esa escucha. De atender a lo que la casa pide y a lo que sus habitantes necesitan. La arquitectura no se impone, reacciona. Cada decisión es una respuesta precisa a estímulos cruzados: la preexistencia, los usos, los ritmos cotidianos, los gestos repetidos. La casa habla a través de sus encuentros, de sus tensiones y de sus vacíos, y el proyecto se construye desde esa conversación.

Toda la intensidad se concentra en una esquina, en la manera de ordenar una unión. El proyecto está en las juntas. Desde un recibidor alicatado con piezas naranjas. Un umbral casi ritual que invita a cambiar de estado mental. Nacimiento de una escalera que estructura la casa. Un pilar azul emerge como apoyo y referencia, sosteniendo el siguiente tramo y marcando una continuidad vertical.

Las escaleras de un microcemento azul recorren la vivienda desde el sótano hasta la planta de habitaciones, atravesando salón y cocina. Más que un elemento funcional, se convierten en la columna vertebral del proyecto. Cada tramo introduce una variación, cada encuentro con el pavés, el alicatado o la luz genera una fricción medida. Subir y bajar deja de ser un gesto automático para convertirse en experiencia espacial.

En esta misma lógica de relaciones aparecen ventanas. Una ventana hacia el jardín, que se ha desplazado ligeramente en un movimiento disimulado que pretende pasar desapercibido. Una pequeña desfachatez con la que pretende escaparse de su encuadre anterior. Otra ventana, no como apertura directa al exterior, sino como un umbral intermedio: una ventana que mira a otra ventana, una ventana de interior que mira a su homónima exterior. La luz atraviesa capas, rebota, se filtra, y el baño adquiere una leve condición exterior en su ser interior. La calle se intuye más que se muestra, introduciendo aire, distancia y una sensación de exterioridad que amplía el espacio y diluye sus límites.

La casa se construye así como una superposición de melodías: la del espacio que propone y la del habitante que responde. Transcodificaciones constantes entre geometría, materia y uso. Nada busca una imagen cerrada; todo permanece ligeramente abierto, disponible para ser reinterpretado con el tiempo. La arquitectura no fija comportamientos: los acompaña. Habitar aquí es entrar en una relación viva, siempre en proceso.

 

Fotografías Maru Serrano

Documentación gráfica

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