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¿FUERA? No sin mi dentro.
El sistema circulatorio del cuerpo humano es un complejo mecanismo que parte de dos movimientos alternados del corazón: comienza en la relajación del músculo, que permite llenar sus cavidades de sangre circulatoria (conocido como diástole), y un estado de contracción o sístole por el que la impulsa con la fuerza suficiente para que llegue los nutrientes necesarios a cada una de las células de nuestro cuerpo. Un estímulo eléctrico del sistema nervioso será el encargado de decidir con qué ritmo se producen ambos.
En los últimos años, la sociedad -reflejada en la obra construida de las ciudades- presentaba un claro trastorno bulímico: se anhelaba el proyecto de ejecución más rápido, o de mayor escala o presupuesto, obviando demasiado a menudo los pequeños elementos que crean una obra de arquitectura decente. Los resultados los tenemos en la calle. Rápidamente estos trabajos fueron difundidos por sus autores a través de publicaciones o conferencias, con el único fin de lograr el siguiente encargo (a cual más rápido), y así sucesivamente; entrando en un proceso de producción insaciable que únicamente lo ha podido frenar el receso económico que vivimos.
Los arquitectos que afortunadamente comenzamos nuestra labor profesional, antes de importarnos cuánto y cómo se difunde nuestra obra, deberíamos preguntarnos cuánto de cotidiano hay en ella. Así, podríamos hacer un repaso a la obra de algunos maestros de la historia de la arquitectura desde el valor de la entrada, el giro preciso de una puerta, el despiece de un pavimento, el uso de un material, la posición de la ducha o la organización de unos huecos. Todo ello con una sutileza, a veces imperceptible, que esconde una fuerte carga interpretativa de lo corriente y eleva la calidad del trabajo a los escalones más altos.
El funcionamiento del complejo mundo profesional del arquitecto debería parecerse al del sencillo sistema circulatorio de nuestro cuerpo: la diástole comparada con el hacer (proyectar) y el contar (difundir) asemejado a la sístole como dos estadios inseparables y complementarios. Sin la existencia de uno de ellos no hay ritmo y, por tanto, ni movimiento ni vida. Un arquitecto que no reflexiona, que no se equivoca, aporta tan poco a la sociedad en la que vive como aquel que se encierra en continuas investigaciones. Ambas partes deben encontrar el ritmo adecuado para un funcionamiento equilibrado.
Pero antes de llegar a la fase de contar, de difundir los resultados de nuestro trabajo, necesariamente uno debe reflexionar sobre lo que verdaderamente le interesa y qué medios empleará al proyectar.
Y ¿cuál de los dos estadios es más importante? Si retomamos el símil del aparato circulatorio, además de existir ambos estadios alternados, la clave del buen funcionamiento se centra en un tercer elemento: la carga eléctrica que controla el ritmo. En el caso de la arquitectura, tampoco lo sustancial se centra en el hacer y contar, sino en aquello que alterna uno y otro: el valor personal de lo cotidiano, en esa chispa que aparece durante el proceso de proyectar.
Y es que el arquitecto que tenga intención de buscar nuevos proyectos fuera de España debe tener muy claro que no le será suficiente con hacer y contar, sino que deberá mostrar su propia manera de entender lo común, lo cotidiano. Y que el proceso le acompañará siempre. Evitemos que nuestros ojos se ceguen por la globalización y permitamos que el carácter local marque nuestro ritmo, nuestro tempo, al proponer un pomo, resolver una cocina, posicionar un armario o analizar los materiales más próximos; para que cada uno descubra el valor que esconde lo cotidiano y establezca su ritmo profesional y vital.
Y así, desde lo local, tendremos algo que
contar a nuestros vecinos globales.
Moisés Royo, MUKAarquitectura
diciembre de 2013