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Becas y convocatorias
El colegio religioso femenino de las Irlandesas se sitúa en el borde sur de la barriada de Bami; conjunto residencial construido en los años 50 en el sector sur de la ciudad, ocupando una parcela de grandes dimensiones.
La conjunción de elementos docentes y religiosos, base de la educación impartida por numerosas órdenes religiosas en la ciudad, es la base de la composición de programa finalmente construido. El uso como colegio incorpora despachos de dirección y administración, despachos para profesores, comedor y servicios para comedor, salones de reunión, aulas, salas de visitas, salón de actos, garaje y pistas deportivas. La función religiosa se manifiesta en la presencia predominante de la capilla, a la que se añade una pieza residencial para la comunidad de religiosas allí instalada. Se trata de un buen ejemplo de arquitectura moderna en la que la funcionalidad se convierte en argumento de una arquitectura expresiva, racional e implicada en el paisaje que crea.
El conjunto cumple una doble función respecto al barrio. La capilla sirve de parroquia y por esa razón, su entrada principal se sitúa al extremo de la calle Castillo de Constantina, una de las principales vías del barrio en dirección Norte-Sur. Sirviendo de equipamiento educativo, el edificio dispone su entrada principal hacia la calle Bami ofreciendo accesos auxiliares hacia la calle Castillo de Constantina y la calle Castillo Cumbres Mayores.
El edificio presenta su imagen más urbana hacia la calle Castillo de Cortegana, que constituye el límite Norte del solar. Hacia esta vía se vuelcan las piezas de mayor altura del conjunto como muestra del compromiso con el lugar, destacando el muro de piedra, cóncavo en planta, de la cabecera de la iglesia que sirve de referencia visual para el barrio. La dirección definida por esta calle sirve de traza reguladora principal al conjunto, primando las disposiciones paralelas o perpendiculares a la misma. A la cuestión del compromiso urbano se añade la alineación de la torre de la iglesia con la calle Castillo de Constantina sirviendo de hito de cierre de la perspectiva desde esta calle.
El empleo de la vegetación en el extremo Oeste del solar hacia la calle Bami sirve de amortiguación de la presencia del edificio, participando de la menor densidad del barrio en esta zona. Hacia la calle Castillo Cumbres Mayores se puede adivinar con mayor facilidad la disposición del conjunto debido a la ausencia de vegetación, si bien la separación respecto a la calle contribuye a atenuar su escala.
El conjunto se caracteriza por su disposición claustral presidida por el volumen rotundo de la iglesia y la elevación de la liviana torre metálica coronada con una cruz. La iglesia presenta una planta dispuesta en abanico, con una apertura de 160º. Un valor fundamental de la iglesia es el cuidado tratamiento de la introducción de la luz, que se realiza a través de controlados escalonamientos en la cubierta y fisuras en los muros laterales. En los pies de la iglesia, sobre el porche de acceso, que comunica con el nártex, una vidriera longitudinal abarca todo el sector de arco abierto.
En el interior de la nave, desde esa vidriera arranca la cubierta inclinada, que asciende hacia el presbiterio y se reviste con listones de madera barnizada que redundan en el efecto de focalización de la perspectiva hacia el altar. El presbiterio se marca con un nuevo resalto de la cubierta, que permite de nuevo la entrada de luz a través de una vidriera coloreada. El altar queda subrayado también mediante vidrieras verticales alargadas, que marcan la transición desde los muros de la iglesia, revestidos en blanco, al muro vertical de cierre, revestido con piedra pulida.
A los pies de la iglesia, a la izquierda de la fachada, se sitúa la torre campanario exenta, que es muestra de la progresiva tendencia a la abstracción de este elemento presente en la arquitectura del autor. Ésta se construye mediante cuatro perfiles metálicos de sección variable, dispuestos en aspa en los cuatro vértices que define en planta. El cuerpo de campanas de la torre se abstrae mediante perfiles horizontales que arriostran los soportes a tres diferentes alturas. Sobre este figurado cuerpo de campanas se coloca una cruz. Con una evidente intención expresiva, de los pies de cada soporte arranca un mínimo redondo metálico que asciende inclinado hasta encontrarse con el punto central del primer plano horizontal que define el cuerpo de campanas.
Alineado a la calle Castillo de Cortegana, y anexo al brazo occidental de la iglesia, se sitúa el salón de actos, elemento que recibió también especial atención en el proyecto para concentrar carga expresiva en su techo. Éste se compone de varios módulos de piezas de hormigón que reservan un hueco en sección para la colocación de luminarias, y que van variando en altura para definir un perfil quebrado con evidente intención de eficiencia acústica.
El espacio del claustro se extiende a los pies de la iglesia, y asume su función organizativa. Alrededor de él se disponen las diferentes piezas destinadas a aulas, de planta rectangular y tres plantas de altura, en paralelo a la dirección definida por la calle Castillo de Cortegana, que ofrece la orientación más favorable para el uso escolar, hacia el Sureste.
Es en la delicadeza del tratamiento del espacio del claustro donde encontramos las claves para caracterizar materialmente al edificio. El cuidado en la labra del ladrillo en los muros de cerramiento, y del despiece de la piedra en los puntos singulares del desembarco del pórtico al acceso principal y del muro de cabecera de la iglesia, hablan en este sentido.
Hacia el interior de solar, la naturalidad en la relación con la vegetación, y la gradación entre los diferentes espacios abiertos y la edificación, vinculados a través del ligero porche de pilares metálicos, muestran una especial sensibilidad para la definición de un tipo que, por la ausencia de restricciones que encuentra en su emplazamiento, bien puede ser calificado de ordenación ideal. Por tratarse del elemento que unifica el conjunto, la fina estructura metálica del porche resulta un rasgo característico de la arquitectura moderna en Sevilla de aquellos años. El empleo del ladrillo visto es una constante en la obra de los arquitectos, que confieren un grado de calidez a su imagen, de igual forma que la piedra y la madera empleadas en la iglesia y el salón de actos.
El edificio se encuentra en un muy buen estado de conservación, y no se han producido alteraciones significativas con incidencia en los valores patrimoniales del edificio. A nivel social, la relevancia patrimonial del Colegio es notoria. La iglesia del colegio sirve de centro parroquial del barrio, por lo que su grado de proximidad a la comunidad es considerable. Se trata además de una institución educativa con una dilatada trayectoria y reconocimiento en la ciudad.
A nivel cultural, la consideración hacia los espacios abiertos y ajardinados constituye la principal virtud del proyecto, que emplea las galerías porticadas para enlazar tanto con la tradición claustral como con obras contemporáneas, en especial con las corrientes nórdicas que influyeron en la renovación de la arquitectura moderna representadas por Alvar Aalto y Arne Jacobsen.
A nivel histórico, este edificio supone la última obra del arquitecto Fernando Barquín y Barón, debido a su temprana muerte sólo cuatro meses después de la redacción del proyecto. En la obra se detecta de forma especial la influencia de las corrientes renovadoras de la arquitectura religiosa que llegaron de la mano del Concilio Vaticano II, que se hace patente en la disposición en abanico de la planta de la iglesia.