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Becas y convocatorias
La vida en la montaña es un acto de resiliencia.
En el pueblo del que procede mi familia, las casas aún tienen nombre propio. Su etimología revela su geografía: “redi”, del prerromano, río, y “puertas”, aludiendo al lugar donde confluyen corrientes como la del Río Faro con el Curueño, formando un paso natural entre montañas.
El entorno destaca por la belleza de su orografía. Al ascender por la calzada paralela al río, aparecen paredes de piedra caliza y bosques de robles y piorno. Sin embargo, es también un territorio de clima hostil, con largos inviernos nevados y una agricultura limitada a cebada, trigo y patatas. La vida dependía del ganado y del trueque.
Las casas reflejan esta realidad. Contaban con cuadra, corripu, cocinina y bodega, espacios que aseguraban alimento y calor. En las “casas terrenas”, humanos y animales compartían una planta; en las “casas talud”, la organización en altura mejoraba el aprovechamiento térmico.
Construidas con piedra local, estas viviendas aprovechan su inercia térmica. Las fachadas encaladas protegían de la humedad y las cubiertas, antes vegetales, hoy son de madera y pizarra.
La vida en la montaña sólo es posible gracias a una arquitectura igualmente resiliente, nacida de una profunda sabiduría del lugar.
Estudiante
E.T.S. A - Madrid - UPM
MADRID | ESPAÑA