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  • Una piscina geopolítica

    Vega Baja, Alicante
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    Vega Baja, Alicante

Las piscinas pueden ser vistas en su conjunto como un sistema ligado a los procesos especulativos del territorio.  

En la Vega Baja hay 22.440 piscinas privadas, o dicho de otro modo: un millón de metros cuadrados de aguadestinados al disfrute individual. Si las bordeáramos una tras otra, podríamos caminar 587 kilómetros sobre sus perímetros de azulejo; si las alineáramos en una sola línea líquida, formarían un río de 163 kilómetros; y si el agua se repartiera entre todos los habitantes de la comarca, a cada uno le corresponderían 3,24 metros cuadrados. Esa cifra, que a primera vista parece anecdótica, condensa un modelo territorial que ha hecho del deseo —de ocio, de propiedad, de control sobre el agua— una herramienta de transformación profunda del paisaje.

El proyecto propone construir una piscina con exactamente la superficie que le corresponde a cada persona: 3,24 m² de agua. Una piscina mínima, casi simbólica, que convierte la medida estadística en experiencia directa. Su revestimiento se compone de un gresite ensamblado a partir de las siluetas reales de todas las piscinas de la Vega Baja: fragmentos de deseo convertidos en mosaico. Cada forma, distinta y reconocible, se une a las demás para componer un mapa líquido del territorio, una topografía de lo doméstico que habla de aspiraciones comunes y de una identidad moldeada por la promesa del baño privado.

Pero esta piscina no se llena con agua cualquiera. Se alimenta del agua que se fuga de las tuberías del trasvase Tajo-Segura a su paso por Orihuela, ese sistema hidráulico que desde los años setenta ha definido la economía, el urbanismo y hasta la mentalidad de la comarca. El agua perdida —la que nunca llega a destino— se convierte aquí en materia poética y política, en símbolo de un modelo que ha sostenido un crecimiento basado en la disponibilidad (o la ilusión de disponibilidad) de recursos infinitos.

El gesto de bañarse bajo los tubos del trasvase no es tanto una provocación como una lectura territorial. Nos sumerge literalmente en las infraestructuras que nos han dado forma, en las políticas de gestión del agua, en los procesos especulativos y en la estética de lo productivo que ha ido desplazando lo agrícola por lo urbano. El agua, que antes definía los huertos, las acequias y la economía del riego, se ha convertido en un elemento de confort, de distinción y de aislamiento. En ese tránsito —del bien común al placer individual— se dibuja la historia reciente de la Vega Baja.

Esta piscina mínima, casi absurda por su escala, propone un cambio de enfoque: pasar del exceso al límite, del consumo al reconocimiento. No se trata de negar el deseo, sino de reformularlo; de entenderlo como una fuente de interpretación de los elementos que han construido el paisaje levantino. El gresite, el agua, los tubos, los muros, incluso el propio acto de bañarse, dejan de ser objetos aislados para convertirse en fragmentos de un mismo sistema interdependiente.

Desde esta perspectiva, el proyecto actúa como un dispositivo de lectura territorial. Reúne en un solo gesto las capas visibles e invisibles que sostienen la vida en la comarca: la infraestructura hidráulica, la arquitectura doméstica, la economía del turismo, la cultura material y el imaginario colectivo. En lugar de oponerse al modelo existente, lo hace explícito, lo lleva al límite de su propia lógica para mostrar su fragilidad. Porque en un contexto donde el campo de acción parece ilimitado —urbanísticamente, tecnológicamente, incluso simbólicamente—, el medio físico y sus recursos siguen siendo finitos.

Sumergirse en esta piscina es enfrentarse a esa contradicción: disfrutar del agua mientras se comprende su escasez, contemplar el territorio como un sistema conectado donde cada gesto, por pequeño que parezca, tiene consecuencias. Es un baño de conciencia en el sentido más literal: una experiencia que devuelve al cuerpo la escala del territorio y convierte el placer privado en un acto colectivo de reflexión.

Piscina geopolítica

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