El proyecto se ubica en el pasaje de la antigua Fábrica de Tabacos de La Rioja, un espacio urbano estrecho y longitudinal dominado por la presencia vertical de una monumental chimenea de ladrillo rojo. La intervención restituye al lugar su condición de espacio construido mediante la consolidación de las fachadas existentes, reforzando la continuidad urbana y devolviendo al conjunto fabril una lectura unitaria, coherente con su identidad histórica. Lejos de plantearse como un gesto autónomo, la propuesta actúa como una operación de sutura arquitectónica que reconstruye el vacío del pasaje, reactivando su dimensión espacial y simbólica.
El interior se organiza a partir de la concatenación de estancias cuadradas de 3,6 × 3,6 m, configurando una secuencia rítmica de pasillos y habitaciones de carácter doméstico. Esta procesión espacial, casi ceremonial, transforma el tránsito en experiencia, desplazando la lógica funcional hacia una percepción gradual del espacio. Las habitaciones, abiertas al cielo, ensayan distintas posibilidades geométricas en planta, introduciendo variaciones que intensifican la relación entre repetición y diferencia. Su escala doméstica —inusual en el contexto del espacio público— altera la posición del usuario, que deja de ser mero visitante para asumir una condición transitoria de habitante. La instalación invita así a una interacción más íntima, donde el cuerpo reconoce proporciones, límites y transiciones propias de la experiencia residencial.
Las estancias interiores generan atmósferas inesperadas, produciendo una alternancia entre recogimiento y apertura. La percepción oscila entre interioridad y exterioridad, recordando de manera constante el carácter público de la intervención. Esta ambigüedad espacial, deliberadamente construida, activa una lectura crítica sobre los límites convencionales entre arquitectura, instalación y ciudad.
El sistema se materializa mediante ladrillos de termoarcilla de 30 × 30 cm, cuya escala y textura remiten a un imaginario colectivo reconocible. El bloque cerámico opera simultáneamente como unidad material y módulo espacial, otorgando al proyecto una condición familiar y táctil. La masividad de las piezas construye una apariencia estereotómica que vela su lógica tectónica, generando muros de presencia densa y silenciosa. El suelo, cubierto con viruta de ladrillo desechado, prolonga esta continuidad material y modifica la experiencia cinética del recorrido: ralentiza el paso, amortigua el sonido y propone una relación más consciente y pausada con el espacio. En conjunto, la intervención configura un paisaje arquitectónico introspectivo, donde materia, escala y secuencia articulan una experiencia urbana desacelerada y perceptivamente intensa.