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MªÁngeles Berdugo Garvía

Estudiante
C.E.S.A - U. San Pablo CEU
SEGOVIA | ESPAÑA

Deseo crear arquitectura que marque una diferencia. Una arquitectura para emocionar y para disfrutar.

 

Ha habido un tiempo en el que las escuelas de arquitecturas han proliferado y se han llenado de estudiantes. Desde el plano teórico, esto nos puede parecer algo maravilloso, se puede leer como que el interés y la valoración de la arquitectura y de la figura del arquitecto ha aumentado. Pero si observamos la realidad, lo que realmente ha ocurrido ha sido algo totalmente distinto. El boom inmobiliario supuso una gran fuente de ingresos para  especuladores, promotores, constructores, así como para algunos arquitectos. Se hacían multitud de obras y el trabajo no escaseaba para nadie. Por estos motivos, muchos jóvenes en busca de una carrera universitaria a la que “apuntarse”, veían en la arquitectura una salida muy rentable. La mayor parte de estas personas desconocían la vocacionalidad de esta carrera, la vida universitaria para el estudiante de arquitectura no es precisamente un camino de rosas y si no se es un apasionado de la arquitectura en todas sus facetas, difícilmente se consigue superar la prueba. Se puede ver fácilmente que el que entró en este mundo por los motivos adecuados, es capaz de superar todos los obstáculos del camino y, a pesar de ellos (o gracias a ellos), disfrutar de la carrera. 

En mi caso, yo entré en este mundo, porque sentía una fuerza inexplicable cuando visitaba las ciudades,  y sobre todo cuando visitaba obras de grandes arquitectos. Sentía una atracción inexplicable que me invitaba a participar de la creación de esos espacios cautivadores. Esa visión idílica de la arquitectura y de la labor del arquitecto no se vió empañada durante la carrera, pero sí que se fue transformando. Mi relación con la arquitectura es una relación de amor-odio, como cualquier relación pasional. Cualquier trabajo creativo mantiene esa tensión, la imaginación no es transferible y aunque se acepten consejos, el que sufre al enfrentarse a un papel en blanco es uno mismo. Se pasa por momentos desesperados, momentos de alegría y de odio, y esa tensión se nota en la obra, hacen falta momentos desesperados para que surjan soluciones geniales.

En el momento en el que nos encontramos, esto es lo que falta, gente apasionada con lo que hace.  En el debate sobre la arquitectura que domina el panorama, caben muchas críticas, y al igual que la arquitectura puede mejora la ciudad y la vida en ella (o incluso el ánimo de los que la habitan), puede suponer muchos conflictos. En algunas ocasiones, un exceso de pasión, o mejor dicho, de ego, ha provocado que se hayan dado respuestas desmesuradas a pequeños problemas. El afán de protagonismo de una obra, y por lo tanto del arquitecto de la misma, han supuesto un problema urbano, económico o incluso social. La pasión por la arquitectura debe ir más allá de la pasión por la estética, debería primar el beneficio para la ciudad y para las personas por encima del beneficio personal. No se deben malinterpretar mis palabras, el arquitecto debe ser respetado, valorado y pagado por su trabajo, pero no debe olvidar que el trabajo que hace es para los demás.

Por lo tanto, la sociedad tiene mucho que decir, y debemos valorar que últimamente la ciudadanía conoce mucho más sobre la arquitectura que antes y, por lo tanto, el arquitecto está más valorado. No obstante en ocasiones el criterio se ve deformado por la presión que ejercen los medios sobre la sociedad, desgraciadamente, en algunas ocasiones, de forma negativa, pero en otras muchas de manera positiva.

La prueba de todo lo que estoy hablando ha quedado demostrada. El llamado “efecto Guggenheim” es un hecho demostrable. Una obra de arquitectura ha sido capaz de atraer a todo tipo de gente, lo que ha repercutido en la economía, la ciudad ha podido mejorar, y con ella la calidad de vida de las personas que la viven.

Mi interés por la arquitectura supera la barrera de la gloria personal, deseo crear arquitectura que marque una diferencia y mejore lo existente. Una arquitectura para emocionar y para disfrutar.