Ante la persistente condición de incertidumbre que caracteriza a la sociedad contemporánea, la vivienda se concibe como un sistema abierto, adaptable e indefinido, capaz de operar como fondo de escena para la vida de quien la habita. No se plantea como una solución cerrada ni definitiva, sino como una estructura propositiva que admite transformaciones, apropiaciones y lecturas cambiantes. En este marco, la organización doméstica se distancia deliberadamente de distribuciones convencionales y jerarquías rígidas, articulándose a partir de estancias programáticamente genéricas pero espacialmente específicas. Cada ámbito se define no por una función prescrita, sino por cualidades perceptivas, proporciones y relaciones visuales que permiten al habitante construir su propio relato de uso. La vivienda responde así a las complejidades y mutaciones del habitar contemporáneo, alejándose de directrices impuestas por lógicas mercantiles.
A nivel espacial, el proyecto se resuelve mediante la implementación de una retícula asimétrica que ordena y reinterpreta el espacio original. Las estancias, de geometría rectangular, se concatenan a través de grandes aperturas centrales, configurando una suerte de “enfilade” que establece continuidades visuales profundas. Este dispositivo espacial favorece la percepción de un campo fluido e interconectado, donde los límites entre habitaciones se atenúan y los usos se superponen de manera ambigua. La secuencia resultante no impone recorridos únicos, sino que habilita múltiples trayectorias y gradaciones de intimidad, amplificando la experiencia espacial al tiempo que diluye fronteras programáticas.
La resolución material del proyecto es directa, esencial y deliberadamente reducida. El pavimento continuo de resina epoxi neutraliza referencias métricas y disuelve la sensación de escala, intensificando la lectura abstracta del plano horizontal. En contraste, el techo, tosco y de carácter cavernoso, adquiere una presencia casi ornamental, evocando un barroquismo accidental derivado de la textura irregular del yeso proyectado. El área de cocinado, revestida íntegramente en espejos, se desmaterializa perceptivamente, fundiéndose con el entorno inmediato y reforzando la ambigüedad entre objeto, reflejo y espacio.
Aunque la carga estética podría interpretarse como aséptica —en sintonía con las analogías formuladas por Beatriz Colomina entre el minimalismo moderno y los discursos higienistas de principios del siglo XX—, la reducción material aquí no responde prioritariamente a estándares sanitarios, sino a una postura social y conceptual. La arquitectura interior se afirma como un sistema ambiguo y no determinista, capaz de acoger al habitante sin imponer definiciones inmutables. En esta indeterminación reside su potencia: ofrecer un marco espacial donde la vida cotidiana pueda desplegarse, mutar y redefinirse con libertad.