En este momento histórico marcado por urgencias ecológicas y sociales, el sector de la construcción busca eficiencia y sostenibilidad principalmente en la alta tecnología y la industrialización de procesos. Sin embargo, este modelo tiene algunos problemas críticos como la dependencia del mercado global, por el uso de materiales derivados de la industria petroquímica o minera. También es una incógnita la durabilidad de los nuevos materiales y soluciones, o su reciclaje, dada la complejidad de sus compuestos y la energía requerida.
Como alternativa, empieza a consolidarse la recuperación de la sabiduría artesanal ancestral. Este enfoque prioriza el uso de materiales, técnicas y sistemas constructivos preindustriales, respaldado por estudios científicos [1] que demuestran la calidad excepcional de la arquitectura precedente.
El concepto artesanal reaparece de forma revolucionaria para ensalzar la capacidad del ser-humano-sensible de aportar valor a los procesos constructivos. Una persona que adquiere oficio conoce con precisión cómo se transforma la materia: acumula un conjunto de saberes prácticos, destrezas y conocimientos empíricos desarrollados colectivamente a lo largo del tiempo. Estos saberes, transmitidos de generación en generación mediante la imitación y la repetición, han sido mejorados y optimizados bajo la garantía de una cultura milenaria [2].
«El punto de partida es siempre la pregunta: ¿Qué recursos están a mano y cómo puedes usar tu creatividad para sacar lo mejor de ellos?» — Anna Heringer [3] .
La materia es el primer recurso. Esta acota lo que podemos hacer: nos ofrece sus propiedades específicas, como un árbol nos ofrece su sombra. Construir es transformar la materia. Es dialogar con su química, su física y su energía. El viaje de los materiales puede ser corto y local [4] , o largo y complejo, pero no hay técnica humana que rompa su cordón umbilical: todo, finalmente, se toma prestado de la naturaleza, y a ella vuelve [5] .
Materia proviene del latín mater, matriz, madre, madera. Para los romanos, la madera [6] era el material madre. Nos ha acompañado siempre, permitiéndonos fabricar herramientas, casas, grandes espacios, ingenios hidráulicos [7] , barcos e incluso instrumentos musicales.
¿Conocemos los recursos naturales que hay en nuestro territorio? En la península ibérica existe una extraordinaria abundancia de materias primas. Ante esta riqueza, es natural que se hayan desarrollado variadísimas técnicas constructivas, enriquecidas por la diversidad de climas, orografías y culturas
precedentes que aportan matices propios a cada región. Un festín no solo estético, sino también tecnológico, que ha quedado plenamente patente en nuestro patrimonio histórico, donde se encuentran soluciones, casi, para todo.
[10] Selección de imágenes de trabajos de artesanos publicados en La Red de Maestros de la Construcción Tradicional.
Si observamos con atención esta arquitectura, podremos reconocer sus materiales fundamentales sin mucha dificultad, comprender su porqué y conectarlos directamente con el paisaje. En el caso de la piedra, la conexión es inmediata y nos remite a la montaña más cercana.
La piedra es el material eterno e incorruptible, sagrado para muchas culturas [8, 9]. A pesar de su peso, las sociedades históricas asumieron el esfuerzo de moverla porque su eficiencia a largo plazo es máxima: solo hay que extraerla una vez y dura para siempre.
El granito de Madrid, por ejemplo, nos conecta con las canteras berroqueñas de la sierra, que suministraron las piezas más duras para las bases de los edificios. También de la sierra provenía el primer hierro que alimentaba las
fraguas donde se hacían clavos o herrajes. Con las tierras arcillosas de la propia urbe se hacían originariamente las tejas y ladrillos, en tejares locales. El yeso[10, 11], omnipresente, provenía del aljez de las cuencas surestes.
Los hornos del pasado, de barro, cal o yeso, se alimentaban con retama y rastrojos. A través de una calcinación lenta y discontinua, conseguían -y aún consiguen, los que siguen en activo-, una producción de excelentes calidades cuyas propiedades resultan inigualables por los métodos industriales actuales [12] .
Además, el modelo precedente no generaba apenas residuos [5] porque estos se incorporaban de inmediato al sistema constructivo. Por ejemplo, el escombro se repartía bajo la teja para dar estabilidad a los tejados de la ciudad de Toledo [13], o los restos de teja se trituraban para hacer el trespol en los suelos de las Islas Baleares (el trespol es una variante del opus signinum de los acueductos romanos [14]).
La mayor parte de la arquitectura histórica está hecha con tierra cruda [4] [1 5 ], el material más versátil y barato a nuestro alcance. El barro es conocido por su capacidad para regular la humedad y la temperatura. Sirva de ejemplo el frescor de La Alhambra [1 6 ], o de cualquier casa de pueblo. A pesar de ser un material que se disuelve con el agua (y que, por ende, es vulnerable a la intemperie), se conservan edificaciones centenarias en todo el mundo. Ha sido precisamente el ingenio humano el que ha hecho esto posible, inventando formas y fórmulas que se adaptaran a cada reto [17].
En el mundo orgánico son multitud de fibras vegetales las que resuelven desde tejados hasta brochas y persianas [18, 19]. Paja, esparto, cáñamo, caña y los derivados como los aceites, las gomas, las colas, resinas, etc. completan el abanico de posibilidades. Aunque hay lugares donde no hay nada de esto y aún así, se han construido hogares [20].
En la actualidad existen experiencias exitosas que demuestran la viabilidad de este camino [21, 4] , pero no están exentas de dificultades: las normativas técnicas actuales rara vez amparan el uso de materiales artesanales, especialmente en el sistema estructural (es el caso, por ejemplo, de las bóvedas tabicadas [22][23][24]). Otros problemas a resolver son el acceso comercial a los materiales procesados artesanalmente, la pérdida del relevo generacional [25] o el desconocimiento técnico específico del potencial de estas técnicas.
Pero también hay grandes ventajas del presente: ahora podemos conocer con precisión las técnicas de cualquier parte del mundo [26] y tenemos la capacidad de disfrutar de la maquinaria y los motores que hacen el trabajo pesado por nosotros. Quizás el enfoque del futuro pueda radicar en aunar las ventajas de todas las tecnologías a nuestro alcance, y proporcionarlas en su justa medida, sin olvidar que las soluciones magistrales suelen ser las más sencillas.
[11] Fotogramas de la película Nanook of the North, escenas de la construcción del iglú.